“Llegó borracho, intentó tener sexo conmigo y, como me negué, me dio una patada en la espalda y me tiró una caja de herramientas”, recordó Yolanda (nombre ficticio) mientras conversaba con un periodista de LA PRENSA Premium sobre el episodios de violencia. quien sufrió a manos de su expareja.

Pero no siempre fue así. Yolanda dijo que, al principio, su relación parecía el sueño de cualquier mujer enamorada: romántica, apasionada y llena de promesas. Sin embargo, con el tiempo las actitudes de su pareja fueron cambiando poco a poco y cuando decidieron vivir juntos comenzó la verdadera pesadilla.

“Me prohibieron usar faldas cortas o shorts, cuando iba al salón de belleza a pintarme las uñas tenía que enviarle una foto de los colores para ver cuál quería que usara porque si usaba uno que él no No es como si se enojara”, dijo la víctima.

“Sólo podía salir con familiares o amigos de la infancia y, cuando lo hacía, tenía que enviarles mi ubicación en tiempo real y ellos hacían videollamadas para verificar que estaba donde les había dicho”, añadió.

La situación llegó al punto que solo tenían intimidad cuando su expareja así lo deseaba. Muchas veces cuando bebía alcohol insultaba y golpeaba a la víctima sin motivo aparente. “Es duro y triste decirlo, pero sé que hay varios que se identificarán conmigo, por aguantar idiotas como estos”, afirmó.

Incidencia

El caso de Yolanda no es el único en Honduras. Según la psicóloga Fanny Ordóñez, el 80% de las relaciones tóxicas terminan en violencia doméstica e incluso feminicidios a nivel nacional. “La probabilidad es alta porque recordemos que la violencia aumenta su nivel de agresividad, ya que también intervienen el alcohol y las drogas”, explicó.

80%

Las mujeres no denuncian a su agresor por miedo, por condición económica, por miedo al qué dirán, por no dejar a sus hijos sin padre y por la esperanza de un cambio.

La experta dijo que el 80% de las mujeres que pasan de relaciones tóxicas a violencia doméstica tienen entre 15 y 50 años, quienes prefieren continuar la relación con su agresor por cultura o tradición.

“Cuando entran a terapia es normal que lleguen con la esperanza de que el agresor narcisista va a cambiar y se imaginan que todo va a cambiar; tienen dificultades para comprender y analizar la realidad”, explicó Ordóñez.

Para Itsmania Platero, defensora de derechos humanos, el problema de la violencia doméstica es más que machismo, es una enfermedad social. A través de su experiencia documentando sus casos, destacó cómo la violencia doméstica en todos sus sentidos (psicológica, patrimonial, física y sexual) afecta a mujeres de todas las clases sociales, desde las más privilegiadas hasta las más desfavorecidas.

“Lo más preocupante es que en muchos casos, después de los golpes, el hombre busca la reconciliación, abraza a la mujer, le pide perdón, ella lo tolera y se convierte en un círculo vicioso”, mencionó.

Sobre la respuesta de las autoridades hondureñas, Platero criticó la falta de apoyo y atención hacia las víctimas. Señaló la ausencia de procesos de investigación adecuados y la tendencia a trivializar el problema, relegando a las mujeres a enfrentarse solas a sus agresores.

Patrones

Las relaciones tóxicas se caracterizan por una serie de patrones que van desde la dependencia emocional hasta la falta de límites y la manipulación. La necesidad de aprobación constante, discusiones interminables y desprecios son sólo algunos de los síntomas de una relación enfermiza.

Lara Bohórquez, de la Centro de derechos de la mujer (CDM), destacó la importancia de reconocer estos patrones de violencia y cuestionar la normalización de conductas abusivas en las relaciones.

“A veces hablamos de toxicidad, como ‘mi pareja es tóxica’, de una manera que naturaliza y normaliza la violencia. Las personas conciben que su relación es una relación de amor, y por eso es muy difícil identificar una relación de violencia porque son patrones muy pequeños, pero se llevan a cabo constantemente en una relación y pueden convertirse en problemas físicos, psicológicos, emocionales. violencia, incluso violencia sexual”, mencionó.

Eso fue lo que pasó en la relación de Yolanda, quien reveló a LA PRENSA Premium que su límite llegó cuando su expareja la lastimó por no querer tener sexo.

“Siempre teníamos intimidad sólo cuando él quería. Una vez llegó borracho a casa temprano en la mañana y me estaba quitando la ropa interior para tener sexo conmigo. Me negué, le dije que tenía sueño y me pateó. Fue cuando me di vuelta para seguir durmiendo, mira, sentí una patada en la espalda que me tiró contra la pared, en ese mismo momento me escupió y mientras me insultaba agarró una caja de herramientas, que era lo que tenía. cerca, y “la tiró encima”, dijo la mujer.

Ese episodio de violencia marcó el punto de quiebre para Yolanda, quien decidió escapar de la situación.

“Al día siguiente tomé mis cosas como pude y me fui para el sur, donde comencé otra vida. No sé más de él ni me interesa, aunque lamento no haberlo denunciado”, concluyó.

Sin embargo, su historia es una de decenas, quizás miles, porque las autoridades no llevan estadísticas precisas de mujeres que sufren violencia doméstica derivada de una relación tóxica.